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El valor devaluado

Hay momentos en la vida en los que uno empieza a hacerse una pregunta bastante peligrosa: ¿cuánto valgo para los demás?

Pero antes quizá convenga detenerse un instante en la palabra valor, porque la utilizamos con tanta naturalidad que casi damos por hecho que todos estamos hablando de lo mismo. Para mí, el valor de una persona tiene que ver con una especie de peso específico: con aquello que es, con lo que ha construido, con sus capacidades, con su manera de estar en el mundo, con lo que puede aportar y también con aquello que provoca en quienes se relacionan con ella. Tiene que ver con su experiencia, su sensibilidad, sus principios, su capacidad para cuidar, para resolver, para aprender, para amar o para levantarse después de haberse equivocado. No es una suma exacta de virtudes ni una especie de expediente personal en el que unos acumulan más puntos que otros. Es algo mucho más complejo y, sobre todo, mucho más humano.

El problema es que ese valor no siempre coincide con la valoración que recibimos. Algo puede tener valor y no ser apreciado. Podemos tenerlo delante y no saber verlo, reconocerlo durante años y dejar de hacerlo después o descubrirlo precisamente cuando ya no tenemos acceso a ello. Ahí aparece una diferencia que atraviesa prácticamente todo lo que quiero contar: una cosa es lo que una persona vale y otra muy distinta el valor que alguien concreto es capaz de reconocer en ella. Entre ambas puede existir una distancia enorme.

Por eso me gusta pensar que las personas no tenemos exactamente un precio, aunque muchas veces vivamos como si cotizáramos. Nuestro valor no debería subir porque alguien nos desea ni desplomarse porque alguien deje de hacerlo. Sin embargo, emocionalmente no resulta tan sencillo. Cuando durante suficiente tiempo quienes nos rodean dejan de buscarnos, de considerarnos o de tratarnos como esperábamos, podemos terminar contemplando esa ausencia de reconocimiento como si fuera la demostración objetiva de que algo dentro de nosotros ha perdido peso.

Y ahí empieza el verdadero problema.

Porque casi nunca llegamos a cuestionar nuestra valía de una manera consciente. Nadie se levanta una mañana, se mira al espejo y decide ponerla en duda. Suele ocurrir lentamente, a través de pequeñas experiencias que se van acumulando: una llamada que esperábamos y nunca llegó, alguien que podría habernos buscado y no lo hizo, una amistad que cada vez propone menos cosas, una persona que conoce nuestra situación pero apenas muestra interés por saber cómo estamos o alguien que aparece con una facilidad extraordinaria cuando necesita algo y se vuelve extrañamente inaccesible cuando deja de necesitarlo.

A veces sucede algo aún más significativo. No es solamente que alguien se aleje, sino que comienza a tratarte de una forma que antes probablemente no se habría permitido. Aparece el silencio utilizado como respuesta, disminuye la consideración, los comportamientos se vuelven erráticos y empiezas a percibir que tus sentimientos, tus tiempos o aquello que necesitas expresar ocupan un lugar cada vez menos importante. Hay personas que llegan incluso a atravesar determinados límites porque, consciente o inconscientemente, han dejado de temer las consecuencias de perderte.

Ahí ya no estamos hablando solamente de interés o de afecto. Estamos hablando de respeto.

No creo que toda falta de respeto signifique necesariamente que alguien nos considere poco valiosos. Las personas pueden comportarse mal por miedo, inmadurez, rabia, incapacidad emocional o por sus propias heridas. Pero desde el lado de quien recibe ese comportamiento el resultado puede acabar siendo parecido: empezamos a sentir que se nos ha colocado en un lugar inferior, como si fuera posible ignorarnos, desplazarnos o dejarnos esperando indefinidamente sin que ocurra nada.

Es una sensación especialmente difícil porque no siempre sabemos dónde termina la libertad del otro y dónde empieza nuestra obligación de protegernos. Cualquier persona tiene derecho a dejar de querernos, a cambiar de opinión sobre nosotros, a no querer continuar una relación o incluso a decidir que ya no desea que formemos parte de su vida. Todo eso pertenece a su libertad. Lo que no debería formar parte de esa libertad es convertir la pérdida de interés en una licencia para degradar la dignidad de la otra persona.

Se puede dejar de amar sin dejar de respetar.

Quizá uno de los errores que más daño nos hacen aparece cuando empezamos a confundir el lugar que alguien decide concedernos en su vida con el lugar que realmente merecemos ocupar. Porque si aceptamos durante suficiente tiempo una consideración menor, el riesgo ya no es únicamente que alguien nos esté tratando por debajo de lo que consideramos digno. El verdadero problema comienza cuando incorporamos esa mirada y somos nosotros quienes empezamos a tratarnos desde ese mismo lugar.

¿Cuántas veces hemos soportado determinados comportamientos no porque nos parezcan aceptables, sino porque tememos que exigir respeto termine de alejar a quien, en realidad, ya se estaba alejando?

El extraño espejo de los demás

Buena parte de nuestra percepción personal se construye a través de los demás. Es algo que comienza muy pronto. Durante la infancia aprendemos quiénes somos observando, en parte, las respuestas de quienes nos rodean. El afecto, el reconocimiento, la atención y la seguridad participan en la construcción de nuestra autoestima y de nuestro sentimiento de pertenencia. Lo interesante es que ese mecanismo no desaparece cuando alcanzamos la edad adulta. Se transforma, se hace menos evidente, pero continúa acompañándonos.

Seguimos utilizando a otras personas como espejos.

20260816valor2Cuando alguien busca nuestra conversación nos sentimos interesantes; cuando desea compartir tiempo con nosotros entendemos que nuestra presencia tiene algún peso; cuando confía en nuestro trabajo reforzamos la conciencia de nuestras capacidades y cuando alguien se preocupa genuinamente por cómo estamos experimentamos algo tan sencillo y tan poderoso como sentir que importamos.

Sartre convirtió la mirada de los demás en uno de los grandes problemas de su pensamiento y dejó en Huis clos aquella frase que ha sobrevivido mucho más allá de la propia obra: «El infierno son los otros». Se ha repetido tantas veces que resulta fácil entenderla de una manera demasiado simple, como si los demás fueran por definición una condena. A mí me interesa otra lectura: el enorme poder que puede adquirir la mirada ajena cuando permitimos que se convierta en juez de nuestra identidad.

El problema, por tanto, no está en necesitar a los demás. Somos seres sociales, y pretender construir una identidad completamente impermeable al afecto, al reconocimiento y a la pertenencia sería engañarnos. La autonomía emocional no consiste en vivir sin espejos. Consiste, quizá, en recordar que ninguno de ellos contiene por sí solo nuestra imagen completa.

Porque los espejos también deforman.

Una etapa prolongada de soledad puede cambiar poco a poco la forma en que una persona se contempla. Al principio uno puede pensar simplemente que atraviesa un periodo con poca vida social. Pero cuando la ausencia se prolonga, cuando el teléfono suena menos, cuando nadie parece proponer un café, una cena o una conversación, empieza a producirse una transformación mucho más delicada: dejamos de describir una circunstancia y comenzamos a construir una explicación sobre nosotros mismos.

Ya no pensamos solamente «estoy solo».

Empezamos a pensar «estoy solo porque probablemente no hay demasiado en mí que interese a los demás».

Ese desplazamiento mental es enorme. Una cosa es decir «esto es lo que me está ocurriendo» y otra muy distinta concluir «esto me ocurre porque esto es lo que soy».

¿Cuántas conclusiones sobre nosotros mismos hemos construido utilizando como única prueba la forma en que unas pocas personas decidieron mirarnos?

La enorme industria de la validación

En los últimos años hemos construido probablemente el sistema cotidiano de validación externa más poderoso que hemos conocido. Las redes sociales han llevado una necesidad humana que siempre existió a una escala extraordinaria y además han añadido algo particularmente seductor: ahora la aprobación puede contarse.

20260816valor4Podemos someter nuestro físico, nuestras opiniones, nuestros viajes, nuestra manera de vestir, nuestras convicciones, nuestros logros profesionales e incluso fragmentos muy íntimos de nuestra vida a la consideración de centenares o miles de personas. Y la respuesta regresa convertida en cifras. Ya no solamente sentimos que alguien nos ha visto; podemos saber aproximadamente cuántas personas lo hicieron y cuántas reaccionaron.

Una fotografía recibe mucha atención y durante un momento puede reforzar nuestra percepción de atractivo. Una opinión encuentra un enorme respaldo y sentimos que nuestro criterio ha sido confirmado. Una publicación pasa prácticamente inadvertida y, aunque racionalmente sepamos que puede deberse a innumerables circunstancias, hay una pequeña parte de nosotros capaz de preguntarse por qué esta vez nadie ha mirado.

No deja de ser paradójico que concedamos semejante poder de validación a personas que apenas saben quiénes somos. Conocen una representación, un instante, una fotografía, veinte segundos de vídeo o una frase cuidadosamente escogida. No conocen cómo tratamos a quienes queremos cuando no hay nadie mirando, nuestras contradicciones, aquello de lo que nos arrepentimos, cuánto nos ha costado llegar a determinados lugares o las partes de nuestra vida que, precisamente porque son importantes, nunca enseñamos.

Puede haber personas que lleven años observándonos a través de una pantalla y que, sin embargo, apenas tendrían elementos para explicar quiénes somos realmente. Y aun así podemos terminar concediéndoles, en conjunto, una sorprendente capacidad para modificar cómo nos sentimos respecto a nosotros mismos.

Lo curioso es que Séneca describió algo extraordinariamente parecido mucho antes de que pudiéramos imaginar una red social. En Sobre el ocio advertía de nuestra dependencia de las opiniones ajenas y utilizaba una imagen magnífica: tendemos a juzgar si un camino es bueno por la cantidad de huellas que encontramos sobre él, en lugar de preguntarnos si realmente merece ser recorrido.

Han pasado casi dos mil años y quizá solo hemos sustituido las huellas por contadores.

Lo más delicado de esta nueva validación es su fecha de caducidad. El reconocimiento obtenido ayer sirve sorprendentemente poco para hoy. Hay que volver a aparecer, volver a interesar, volver a gustar y volver a demostrar relevancia. Entramos así en un círculo en el que una parte considerable de nuestra energía puede terminar dedicada a mantener vigente una determinada versión de nosotros mismos frente a personas que, en realidad, carecen de información suficiente para evaluarnos.

No creo que haya que demonizar las redes sociales. Sería demasiado fácil y, además, demasiado cómodo. Las plataformas no inventaron nuestra necesidad de ser vistos. Simplemente encontraron la manera de medirla, alimentarla y mantenerla permanentemente activa.

El problema continúa estando en el poder que nosotros decidimos entregar.

¿Cuánta energía de nuestra vida estamos gastando en demostrar nuestro valor ante personas que ni siquiera tendrían elementos suficientes para saber realmente quiénes somos?

Valer y ser valorado no son la misma cosa

Quizá parte de la confusión proceda de utilizar una misma palabra para hablar de cosas diferentes. Cuando decimos que alguien tiene valor, que alguien nos valora o que una persona nos aporta valor parece que estemos hablando de lo mismo y, sin embargo, estamos describiendo realidades distintas.

Está, por un lado, la valía personal, aquello que tiene que ver con nuestra dignidad y con el reconocimiento básico que merecemos como personas. Existe después un valor percibido, que depende de cómo cada individuo interpreta nuestras características. Y está también el valor relacional, aquello que representamos específicamente dentro de la vida de otra persona. Estas dos últimas dimensiones pueden variar enormemente sin que la primera tenga por qué desaparecer.

Una persona puede poseer experiencia, sensibilidad, inteligencia, empatía, creatividad, generosidad, capacidad para cuidar y una enorme solvencia profesional y encontrarse, sin embargo, atravesando un momento en el que prácticamente nadie parece reparar especialmente en esas características. Que no estén siendo observadas no significa que hayan dejado de existir.

También sucede al contrario. Recibir una enorme cantidad de atención no certifica automáticamente una mayor valía. Alguien puede ser muy buscado, muy deseado, extremadamente popular o recibir continuamente aprobación sin que eso permita establecer ninguna jerarquía objetiva respecto a quien obtiene mucha menos atención.

Aquí aparece inevitablemente el ego.

No creo que tengamos que declararle la guerra. Todos necesitamos alguna confirmación. Nos gusta saber que interesamos, que nuestra opinión cuenta, que nuestra presencia deja una huella y que existen personas que notarían nuestra ausencia. El problema comienza cuando dejamos de disfrutar del reconocimiento y empezamos a utilizarlo como instrumento de medición.

Epicteto abría su Enquiridión distinguiendo precisamente entre aquello que depende de nosotros y aquello que no está realmente bajo nuestro control, y situaba la reputación en este segundo territorio. Esa separación contiene una enseñanza tremendamente práctica. Podemos trabajar sobre nuestra conducta, desarrollar capacidades, revisar nuestros errores, pedir perdón, aprender, crecer y decidir qué clase de persona queremos ser. Lo que nunca podremos gobernar completamente es la interpretación final que otra persona haga de todo ello.

Sin embargo, invertimos una cantidad extraordinaria de energía intentando conseguir exactamente eso.

Queremos controlar qué piensan de nosotros, cómo nos recuerdan, qué lugar nos conceden, cuánto nos desean o si finalmente reconocerán aquello que creemos que no supieron ver. Y cuanto más importante es alguien para nosotros, más difícil resulta asumir que su percepción pertenece a un territorio sobre el que no tenemos soberanía.

Entonces nuestra vida empieza a parecerse a un mercado emocional. Observamos quién llama, quién responde, quién vuelve, quién quiere vernos y quién siente nuestra ausencia. Sin darnos cuenta ponemos nuestra cotización en manos de decisiones, necesidades y estados emocionales que no controlamos.

Ahí es donde el ego puede hacernos creer que ser deseado significa valer más y que ser rechazado significa valer menos.

Pero valor y popularidad no son sinónimos.

Tampoco lo son valor y deseo.

Ni valor y éxito.

Ni siquiera valor y amor.

Si mañana desapareciera toda la atención que recibimos, ¿cuánto de aquello que hoy consideramos valioso en nosotros seguiría exactamente donde estaba?

Cuando alguien que te quiso deja de mirarte igual

Probablemente ninguna experiencia pone tanto a prueba esta distinción como una relación sentimental.

20260816valor5Hay algo profundamente desconcertante en observar cómo una persona para quien un día fuimos fundamentales puede llegar a comportarse, tiempo después, como si nuestra presencia apenas tuviera importancia. Esa persona conoció nuestros defectos, nuestras manías, nuestros miedos, nuestros silencios, nuestro cuerpo, nuestros proyectos y probablemente zonas de nuestra personalidad a las que muy poca gente tuvo acceso. Existió una intimidad, una complicidad y un espacio compartido en el que durante un tiempo tuvimos un valor enorme.

Y después algo cambia.

Puede suceder lentamente o de una forma aparentemente brusca, pero el efecto desconcierta porque aquello que antes despertaba ternura puede empezar a generar indiferencia, las características que se admiraban dejan de producir el mismo efecto y una presencia que antes tenía peso parece perderlo.

C. S. Lewis condensó toda la exposición que implica querer a alguien en una frase extraordinariamente breve: «Amar es ser vulnerable». La idea aparece en The Four Loves, donde desarrolla precisamente el riesgo inevitable que asumimos cuando permitimos que alguien nos importe. 

Quizá una de las formas menos evidentes de esa vulnerabilidad consiste en haber permitido que alguien nos conozca profundamente y descubrir después que su mirada sobre nosotros ha cambiado.

Porque cuando queremos a alguien no le entregamos únicamente afecto. Le concedemos acceso. Permitimos que conozca partes de nosotros que otros no conocen y, precisamente por ello, su opinión adquiere un peso extraordinario. Si alguien que apenas nos conoce nos rechaza podemos relativizar su criterio. Cuando lo hace alguien que nos conoció profundamente, el impacto puede ser distinto porque aparece una pregunta mucho más peligrosa: si me conocía tan bien y ya no me quiere, ¿qué habrá visto?

Hace poco una experiencia personal me ha obligado a volver a pensar precisamente en esto. Cuando alguien que tuvo un enorme peso en nuestra vida reaparece después de muchos años, resulta casi inevitable observar qué ocurre. No hablo de exigir nada ni de reclamar automáticamente un lugar que perteneció a otro momento. Hablo de algo mucho más humano: esperar movimientos. Curiosidad. Una iniciativa. Alguna señal que permita saber si aquello que para nosotros conserva determinado significado también provoca algo en la otra persona.

Cuando ese movimiento no ocurre, la mente rellena los espacios.

Si no pregunta, quizá no le importa. Si no busca, quizá no significo demasiado. Si no parece necesitar saber nada, quizá aquello que yo consideraba tan importante nunca tuvo el mismo peso al otro lado.

Y desde ahí podemos llegar con demasiada facilidad a una conclusión infinitamente más destructiva: quizá nunca valí tanto.

Sin embargo, una pérdida afectiva no equivale necesariamente a una pérdida de valor. Una relación está atravesada por momentos vitales, experiencias, heridas, expectativas, compatibilidades, necesidades y recuerdos que cambian. Cuando ese entramado se modifica también puede cambiar radicalmente la forma en que alguien nos percibe.

Podemos quedar devaluados ante los ojos de una persona sin haber perdido ninguna de nuestras capacidades.

Incluso existe una paradoja todavía mayor. A veces, para alejarnos emocionalmente de alguien, modificamos también el relato que construimos sobre esa persona. Restamos importancia a aquello que admirábamos, recordamos con mayor intensidad lo que nos hizo daño o empezamos a mirar de otra manera características que antes aceptábamos. No necesariamente porque estemos mintiendo, sino porque nuestra propia mirada participa también en la forma en que procesamos una separación.

Probablemente todos lo hemos hecho alguna vez. Hemos querido muchísimo a alguien y después hemos dejado de hacerlo. Características que un día nos fascinaron dejaron de producirnos el mismo efecto. Personas extraordinarias dejaron de encajar en nuestra vida sin haberse convertido por ello en personas menos valiosas.

No necesariamente cambiaron ellas.

Cambió nuestra relación con ellas.

Y si podemos comprender este mecanismo cuando somos nosotros quienes dejamos de amar, resulta curioso lo difícil que puede llegar a ser aceptarlo cuando estamos al otro lado.

¿Duele únicamente perder a una persona o duele también perder la versión de nosotros mismos que existía mientras esa persona nos miraba con amor?

Cuando una persona deja de ser persona y se convierte en recurso

Hay otra forma de devaluación mucho menos romántica y probablemente bastante más frecuente de lo que nos gusta admitir: las relaciones construidas alrededor del consumo.

20260816valor6Todos obtenemos cosas de los demás y eso forma parte de cualquier vínculo humano. Recibimos afecto, conocimiento, escucha, compañía, estabilidad, sexo, seguridad, consejos, oportunidades o ayuda. Una relación en la que nadie aporta absolutamente nada al otro sería difícil incluso de imaginar.

El problema no está en recibir.

El problema aparece cuando aquello que recibimos deja de ser una consecuencia de la relación y se convierte en la razón principal por la que la relación existe.

En ese momento dejamos de relacionarnos con una persona y empezamos a relacionarnos con una función.

Kant formuló hace más de dos siglos una frontera moral que aquí adquiere una vigencia enorme: debemos tratar a la humanidad siempre como un fin y nunca únicamente como un medio. Fuera del lenguaje filosófico, la idea resulta brutalmente sencilla: la persona que tenemos delante no debería reducirse nunca a aquello que podemos obtener de ella.

Y, sin embargo, ocurre continuamente.

Hay personas a las que mantenemos cerca porque resuelven problemas, porque poseen conocimientos que necesitamos, porque proporcionan contactos, porque escuchan, porque sostienen emocionalmente, porque ofrecen seguridad o porque están disponibles en momentos en los que nosotros no sabemos estar solos. Puede que ni siquiera exista mala intención. Muchas relaciones de consumo probablemente no nacen de una estrategia consciente; simplemente se construyen alrededor de una necesidad y nadie se detiene a observar qué ocurrirá cuando esa necesidad desaparezca.

Ahí aparece una diferencia de percepción tremendamente dolorosa. Una persona puede creer durante años que está construyendo un vínculo mientras la otra está, fundamentalmente, resolviendo una carencia.

La verdadera naturaleza de algunas relaciones solo aparece cuando dejamos de proporcionar aquello que las mantenía funcionando.

Y entonces puede llegar el silencio.

Lo especialmente cruel no es descubrir que alguien ya no nos necesita. Lo difícil es preguntarnos si detrás de todo aquello que proporcionábamos había existido alguna vez verdadera curiosidad por nosotros.

No deberíamos convertir esta reflexión en cinismo. Las relaciones siempre contienen necesidades. Queremos estar con determinadas personas, entre otras cosas, porque nuestra vida junto a ellas resulta mejor, porque nos hacen sentir, porque nos enseñan, porque nos cuidan o simplemente porque disfrutamos de su presencia. No hay nada indigno en ello.

La diferencia está en saber si, cuando desaparece nuestra función, continúa existiendo alguien al otro lado interesado en nuestra persona.

Ser valorado por lo que haces puede ser maravilloso.

Ser querido solamente por lo que haces es otra cosa.

Si durante un tiempo dejaras de resolver, de facilitar, de sostener y de proporcionar aquello que los demás esperan de ti, ¿quién seguiría queriendo saber simplemente cómo estás?

Ser necesario no significa necesariamente ser querido

Esta frontera puede resultar especialmente difícil para quienes hemos construido una parte importante de nuestra identidad alrededor de nuestras capacidades.

Ser necesario produce una sensación extraordinariamente poderosa de importancia. Cuando muchas personas dependen de nosotros, cuando nuestro teléfono suena porque alguien necesita una solución, cuando existen proyectos que funcionan gracias en parte a nuestro trabajo o cuando nuestro conocimiento permite que otros sigan avanzando, es lógico sentir orgullo.

Y debe existir. Todo lo contrario sería negar nuestros propios logros.

El problema comienza cuando intentamos trasladar ese mismo mecanismo a la vida afectiva.

Podemos ser imprescindibles profesionalmente y experimentar una enorme soledad cuando termina la jornada. Podemos ser la persona a la que todos llaman cuando existe un problema y descubrir que no tenemos a quién llamar simplemente para contar que hemos tenido un día horrible. Podemos generar muchísimo valor económico, profesional o práctico para nuestro entorno y comprobar que ninguna de esas capacidades garantiza intimidad.

La contradicción es particularmente dura porque quien ha aprendido a sentirse importante a través de lo que hace puede terminar intentando hacerse también imprescindible para ser querido. Entonces damos más, resolvemos más, estamos siempre disponibles, soportamos más de lo razonable y asumimos responsabilidades que probablemente ni siquiera nos correspondían.

Hay una fantasía muy humana escondida detrás de todo eso: si consigo ser suficientemente necesario, será imposible abandonarme.

Pero el afecto no funciona así.

Nuestra utilidad puede conseguir que alguien necesite nuestra presencia. No puede obligarlo a querer quiénes somos.

Ser necesario significa que nuestra ausencia provoca una carencia funcional. Ser querido significa que provoca una carencia emocional. Ambas cosas pueden coincidir, por supuesto, pero no son lo mismo.

Y esta diferencia resulta decisiva porque nuestros logros, nuestra capacidad profesional y todo aquello que somos capaces de construir sí participan en nuestra identidad y pueden reforzar enormemente nuestra autoestima, pero no deberían convertirse en el precio que pagamos para merecer afecto.

¿Nos echarían de menos a nosotros o echarían de menos todo aquello que hemos construido alrededor de ellos para que nunca tuvieran que prescindir de nosotros?

La soledad como falsa prueba

La soledad tiene una capacidad especialmente intensa para deformar nuestra percepción del valor.

Cuando una persona lleva mucho tiempo sin sentirse elegida, invitada, buscada o emocionalmente importante para alguien, empieza inevitablemente a buscar una explicación. Y como sucede con tantas preguntas para las que no encontramos una respuesta clara, terminamos mirando hacia el lugar que tenemos más cerca: nosotros mismos.

20260816valor3Pensamos que tiene que existir algo mal en nosotros. Que, de otro modo, alguien llamaría. Alguien tendría interés. Alguien propondría. Alguien querría quedarse.

Es un razonamiento tremendamente humano, pero también profundamente injusto.

La vida social no funciona como un sistema meritocrático. Las personas más interesantes no reciben necesariamente más llamadas, las más generosas no encuentran automáticamente mejores relaciones y quienes tienen muchísimo que ofrecer pueden atravesar etapas extraordinariamente solitarias.

Nuestra vida está también hecha de circunstancias.

Ortega y Gasset dejó en Meditaciones del Quijote una de sus formulaciones más conocidas: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Me interesa especialmente porque la frase suele reducirse a su primera mitad y, sin embargo, esa segunda parte cambia muchísimo su sentido. La circunstancia participa en nosotros, nos condiciona y nos obliga a responder, pero no tiene por qué convertirse en toda nuestra identidad.

Estar solo es una circunstancia.

Sentirse poco valorado puede ser una circunstancia.

Atravesar una etapa en la que prácticamente nadie llama puede ser una circunstancia.

El peligro comienza cuando permitimos que esa circunstancia escriba toda nuestra definición.

Porque después de suficiente tiempo podemos acostumbrarnos a ocupar un espacio pequeño. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es únicamente que los demás nos concedan poco lugar. Empezamos nosotros mismos a negociar a la baja nuestras propias condiciones para conservar cualquier vínculo disponible.

Aceptamos silencios que antes no habríamos aceptado, faltas de consideración que identificaríamos inmediatamente si las sufriera alguien a quien queremos, relaciones desequilibradas, migajas de atención o afectos intermitentes porque la alternativa parece ser quedarse completamente solos.

Es entonces cuando la soledad deja de ser únicamente dolorosa y puede convertirse en peligrosa: cuando consigue convencernos de que cualquier trato es mejor que ningún trato.

¿Cuántas veces reducimos nuestras propias exigencias de dignidad no porque hayan cambiado nuestros principios, sino porque tenemos miedo de descubrir qué ocurriría si dejáramos de conformarnos?

También nosotros hemos devaluado a alguien

Hasta aquí sería relativamente cómodo construir una historia en la que nosotros somos las personas insuficientemente valoradas y los demás quienes no supieron reconocer aquello que tenían delante.

Pero cualquier reflexión honesta sobre el valor tiene que mirar también hacia el otro lado.

Todos hemos devaluado a alguien alguna vez.

No necesariamente de una manera cruel. Hemos dejado de llamar a personas que seguramente esperaban nuestra llamada, hemos permitido que determinadas relaciones se enfriaran, hemos perdido interés, hemos contestado cada vez más tarde o hemos convertido a alguien que tuvo un enorme protagonismo en una presencia secundaria.

En algunas ocasiones existían motivos perfectamente legítimos y en otras simplemente ocurrió. Cambiamos nosotros, cambió nuestra vida o cambiaron nuestras prioridades.

Eso debería enseñarnos algo importante.

Cuando nosotros dejamos de valorar una relación no necesariamente la persona que está al otro lado ha perdido alguna de las características que antes apreciábamos. Tal vez continúa siendo exactamente igual de inteligente, generosa, atractiva, interesante o capaz. Sencillamente dejó de ocupar el mismo lugar dentro de nuestra subjetividad.

Puede incluso continuar siendo una persona extraordinariamente valiosa a la que ya no queremos en nuestra vida.

Y ambas ideas pueden coexistir.

Por eso resulta contradictorio interpretar automáticamente nuestra propia pérdida de valor cada vez que alguien hace con nosotros aquello que nosotros mismos hemos hecho alguna vez con otros.

La valoración contiene inevitablemente una dimensión subjetiva. Podemos resultar fascinantes para una persona e insoportables para otra. Podemos ocupar un lugar enorme en la vida de alguien y ser completamente irrelevantes en la de otra persona. Podemos ser considerados extraordinariamente atractivos por unos y no despertar absolutamente nada en otros.

Ninguna de esas miradas contiene por sí sola la verdad completa.

Quizá comprenderlo también debería hacernos más cuidadosos cuando somos nosotros quienes nos alejamos. Que una relación haya perdido valor para nosotros no convierte a la otra persona en alguien sin valor. Y reconocerlo puede ayudarnos, al menos, a no utilizar el desprecio como mecanismo para justificar nuestra propia distancia.

¿A cuántas personas hemos dejado atrás sin que hubiera realmente nada defectuoso en ellas, y qué cambiaría si recordáramos ese hecho la próxima vez que alguien decidiera dejarnos atrás a nosotros?

El ego quiere recuperar la cotización

Existe un momento especialmente delicado después del rechazo, de una ruptura o incluso de una decepción: cuando dejamos de saber si queremos recuperar a la persona o queremos recuperar la imagen que esa persona tenía de nosotros.

Las dos cosas pueden parecer idénticas.

No lo son.

Puede ocurrir que deseemos que alguien vuelva porque seguimos amándolo, pero también puede existir una necesidad mucho más difícil de reconocer: queremos que vuelva para demostrar que continuamos teniendo valor. Queremos que nos mire otra vez como antes, que se arrepienta, que reconozca lo que perdió, que descubra finalmente aquello que nosotros considerábamos evidente.

En ese punto el ego puede disfrazarse perfectamente de amor.

Ya no estamos intentando únicamente reconstruir un vínculo. Estamos intentando reparar nuestra cotización.

El problema es que eso nos coloca en una situación imposible. Estamos pidiendo a la misma mirada que nos hirió que se convierta en el instrumento que nos cure. Entregamos de nuevo a otra persona la responsabilidad de decirnos cuánto debemos valer.

Y podemos pasar muchísimo tiempo así. Intentando demostrar, explicando más de la cuenta, esperando el gesto, interpretando silencios y buscando señales. Pensando qué tendríamos que hacer para conseguir que alguien vuelva a reconocer aquello que un día reconoció.

Es quizá una de las formas más sofisticadas de dependencia, porque no siempre estamos intentando recuperar a la persona. A veces estamos intentando recuperar el certificado que esa persona emitía sobre nosotros cuando nos quería.

Ahí es donde valor y ego necesitan separarse.

El ego necesita comparación, confirmación y posición. Quiere saber dónde está colocado respecto a los demás y necesita comprobar que sigue siendo deseado, admirado o relevante.

El valor personal debería aspirar a otra cosa. No a una autosuficiencia absurda en la que ya no necesitemos ninguna mirada externa, sino a una conciencia suficientemente sólida como para que ninguna mirada individual tenga la capacidad de anular todas las demás, incluida la nuestra.

¿Cuántas veces hemos intentado recuperar a una persona cuando, en el fondo, lo que necesitábamos recuperar era la versión de nosotros mismos que existía mientras aquella persona nos elegía?

El valor que no debería cotizar

Llegados aquí sería tentador concluir que el verdadero valor personal consiste en no necesitar absolutamente ninguna validación externa.

No lo creo.

Necesitamos a los demás. Necesitamos afecto, reconocimiento, pertenencia, intimidad y compañía. Necesitamos sentir que alguien nos ve y algunas veces incluso necesitamos que otra persona nos recuerde cosas de nosotros que temporalmente hemos olvidado.

Convertir la autosuficiencia absoluta en un ideal sería simplemente otra forma de ego.

El desafío es bastante más complejo: aprender a distinguir entre información y sentencia.

Que alguien no llame contiene información sobre nuestra relación con esa persona. Que nunca tome la iniciativa también. Que aparezca solamente cuando necesita algo merece ser observado. Que nos trate con una consideración que consideramos insuficiente debe hacernos reflexionar. Que una pareja deje de querernos cambia radicalmente nuestra realidad.

Nada de eso necesita maquillarse.

Pero tampoco necesita transformarse automáticamente en un veredicto sobre nosotros.

Podemos aceptar que alguien no nos valore sin concluir que no somos valiosos. Podemos asumir que una persona dejó de querernos sin interpretar que hemos dejado de ser dignos de amor. Podemos reconocer que alguien no aprecia nuestras capacidades sin decidir que esas capacidades han desaparecido.

Nuestros logros importan. Nuestro trabajo importa. Importa lo que hemos aprendido, las cosas que hemos construido, las personas a las que hemos ayudado, nuestra experiencia, nuestra capacidad para resolver problemas y todo aquello que hemos conseguido superar. Sería absurdo fingir que nada de eso participa en nuestra conciencia del valor personal.

Pero tampoco puede ser su única fuente.

20260816valor7Porque algún día produciremos menos. Nuestro cuerpo cambiará. Fracasaremos en algún proyecto. Dejaremos de ser imprescindibles en determinados lugares. Alguien más preparado ocupará una posición que en otro momento ocupábamos nosotros y habrá personas que ya no necesitarán aquello que durante años les proporcionamos.

Si entonces nuestro valor depende exclusivamente de nuestra utilidad, habremos construido exactamente la misma prisión con materiales diferentes.

Habremos sustituido el «quiéreme» por el «necesítame».

Montaigne escribió en su ensayo sobre la soledad que «lo más grande del mundo es saber pertenecerse a uno mismo», en el sentido de conservar un territorio propio que no pueda ser arrancado completamente por aquello que perdemos. 

Me parece una forma preciosa de cerrar el círculo.

Pertenecerse a uno mismo no significa encerrarse. No significa volverse inaccesible. No significa dejar de amar para evitar sufrir ni fingir que la indiferencia de quienes queremos no nos afecta.

Significa conservar dentro de nosotros un lugar que siga siendo nuestro cuando cambien las circunstancias, cuando desaparezca una relación, cuando alguien deje de mirarnos como antes o cuando el reconocimiento que durante años recibimos deje de existir.

Tal vez ahí esté la diferencia esencial entre el ego y el valor.

El ego necesita que se lo demuestren.

El valor necesita poder reconocerlo.

Y quizá el objetivo tampoco sea llegar a un punto en el que nada nos duela. Que alguien importante deje de valorarnos seguirá doliendo. La indiferencia seguirá haciendo daño. Una ruptura seguirá despertando preguntas y la soledad continuará teniendo días extraordinariamente difíciles.

Pero sufrir una devaluación en los ojos de alguien no debería obligarnos a devaluarnos también nosotros.

Podemos preguntarnos qué hicimos mal sin concluir que somos un error. Podemos revisar nuestras capacidades sin negar aquellas que poseemos. Podemos asumir nuestra responsabilidad sin apropiarnos también de la responsabilidad del otro. Podemos aceptar el final de un vínculo sin permitir que ese final reescriba retrospectivamente todo nuestro valor.

Quizá madurar tenga también algo que ver con eso: con aprender a recibir la valoración de quienes nos quieren sin convertirla en nuestra única fuente de identidad y con soportar la falta de valoración de quienes no nos quieren sin transformarla en una sentencia.

Porque al final todas las miradas cambian. Algunas se marchan, otras llegan, algunas nos conocen profundamente y otras apenas rozan la superficie. Incluso nuestra propia mirada sobre nosotros mismos irá cambiando con los años.

Y por debajo de todas ellas debería quedar algo.

No un ego gigantesco ni una colección de éxitos que podamos exhibir para demostrar que merecemos ser queridos. Tampoco una audiencia, una agenda llena, un teléfono que no deja de sonar o la necesidad de que alguien descubra algún día que se equivocó al marcharse.

Algo bastante más íntimo y bastante más difícil de construir: la conciencia de conocernos, de reconocer lo que somos capaces de aportar, de saber dónde nos hemos equivocado, de conservar la capacidad de corregirnos y, sobre todo, de no permitir que la indiferencia de nadie nos obligue a reducir nuestra propia dignidad.

Entonces quizá la pregunta con la que comenzaba este artículo —cuánto valgo para los demás— deje de ser la más importante.

Y aparezca otra mucho más difícil de contestar.

Si mañana desaparecieran todas las personas que utilizas como espejo, dejara de sonar el teléfono, nadie necesitara nada de ti, no hubiera una sola reacción a aquello que muestras al mundo y también desapareciera la mirada de aquella persona de la que todavía esperas alguna forma de reconocimiento, cuando finalmente te quedaras a solas contigo mismo… ¿seguirías sabiendo cuánto vales?

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