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Todavía...

Hay historias que terminan y otras que, sencillamente, dejan de suceder. Durante mucho tiempo pensé que ambas cosas eran lo mismo, que bastaba con que dos personas dejaran de verse, que el teléfono dejara de sonar y que los años fueran colocando distancia para poder llamar final a lo que un día existió. Ahora sé que no siempre funciona así. Hay historias que no encuentran una última página, que quedan suspendidas en algún lugar de la memoria y continúan viviendo allí, no necesariamente como una espera, sino como una parte de nosotros que nunca llegó a encontrar una forma definitiva de despedirse.

La nuestra duró muy poco, apenas unos meses, y resulta casi absurdo admitir el espacio que puede ocupar algo tan breve después de tanto tiempo. Hay relaciones que atraviesan décadas y dejan apenas una huella, mientras que otras necesitan una estación, unos cuantos encuentros y unas pocas promesas para instalarse en un lugar al que los años no consiguen llegar. Supongo que tiene que ver con el momento en que aparecen, con aquello que vienen a representar y, sobre todo, con la manera en que alguien consigue mirarnos justo cuando más necesitábamos ser vistos.

Nos encontramos cuando alrededor había demasiado ruido. Éramos dos personas intentando construir algo propio mientras muchas circunstancias que no habíamos elegido tiraban de nosotros en direcciones distintas. Él sentía que era refugio, para mi, lo era todo. Había responsabilidades, heridas anteriores, obligaciones familiares, miedos y demasiadas cosas que resolver para dos personas que simplemente querían estar juntas. Durante un tiempo conseguimos que aquello funcionara. Construimos una especie de refugio pequeño, imperfecto, pero verdadero. Hubo algo muy limpio en aquellos meses, una voluntad casi obstinada de creer que querer podía ser suficiente para atravesar cualquier problema. Éramos quizá demasiado ingenuos para saber que el amor puede sostener muchas cosas, pero no siempre puede salvarlas todas.

Con el tiempo, las circunstancias fueron entrando en ese refugio. Lo que ocurría fuera terminó contaminando lo que ocurría dentro y empezamos a recibir golpes que en realidad procedían de otros lugares. Llegaron el agotamiento, el miedo, la frustración y esa terrible costumbre que tenemos las personas de hacer sangrar nuestras heridas sobre quien tenemos más cerca. Y yo también me equivoqué. Cometí un error que durante muchos años no supe dónde colocar, uno de esos errores que no admiten una máquina del tiempo ni una explicación suficientemente perfecta. No importa demasiado contar ahora qué ocurrió, él ya lo sabe. Lo verdaderamente importante es saber que hubo una injusticia, que la reconocí demasiado tarde y que durante mucho tiempo, cada día, me castigaba sin tregua, e imaginé la posibilidad de ponerme delante de aquella persona para devolverle algo que siempre le perteneció: la certeza de que yo sabía la verdad, que comprendía mi error y que lo sentía profundamente. Necesitaba quitar ese peso de su corazón. No con el perdon diplomático que te da la distancia y el tiempo, sino con la autoridad que dan los sentimientos profundos y legítimos.

Nunca imaginé aquella conversación como una manera de recuperar nada, aunque en el fondo de mi corazón, escondido en algún lugar, aún sentía el calor de esa llama. No quería utilizar el arrepentimiento como una llave para abrir una puerta cerrada, ni molestar una vida construida, ni convertir una disculpa en una deuda emocional. Solo quería mirar a los ojos y decir aquello que durante tantos años no había podido decir: me equivoqué contigo, no lo merecías y lo siento. Sin justificaciones, sin argumentos, sin pedir nada a cambio. Algunas palabras llegan tarde, pero eso no significa que dejen de pertenecer a la persona que debería haberlas escuchado.

Y entretanto pasaron doce años.

todavia2Doce años tienen una manera brutal de poner las cosas en perspectiva. Son cumpleaños, veranos, navidades, ciudades, trabajos, personas que llegan y personas que se marchan. Son derrotas que entonces parecían imposibles de superar y pequeñas victorias que nunca imaginamos celebrar. La vida siguió avanzando con esa indiferencia admirable que tiene hacia nuestros asuntos pendientes, mientras aquella historia permanecía en algún lugar, cada vez más lejos y, al mismo tiempo, extrañamente intacta.

Hasta que un día volvió a aparecer sin haberla llamado. Sin querer, aquel nombre que yo no había pronunciado a mis amistades recientes, ese cajón de doble fondo que siempre escondió algo. Era demasiado importante para compartirlo... pero esa energía apareció, su nombre sonó en conversaciones, y sentí como mi espalda se estremecía... algo seguía vivo, y de qué manera.

No fui yo quien buscó el camino. Fue una de esas casualidades que parecen escritas con demasiada precisión para ser completamente casuales. Una persona allegada que conocía aquella historia, alguien que había estado cerca de nosotros en aquel entonces, y que conservaba su propio vínculo con el pasado, decidió acercarse. Quizá por cariño, quizá por curiosidad o quizá por esa tendencia humana a intentar reparar aquello que quedó mal cosido. Y durante unos días ocurrió algo que jamás habría imaginado: el pasado volvió a respirar, como cuando le das corriente a una gran feria llena de luz... pasas de las tinieblas a la ilusión... Dios mio, como gestionar esto.

Y llegaron noticias. Supe que no existía el rencor que durante tantos años había temido. Supe que mi nombre todavía era capaz de provocar algo al otro lado, que escuchar cosas sobre mi vida removía emociones que yo creía enterradas bajo doce años de silencio. Supe también que aquella culpa que había cargado durante tanto tiempo había llegado finalmente al lugar al que siempre debió llegar, aunque no hubiera sido todavía a través de mi propia voz. Por primera vez en muchos años pensé que tal vez iba a existir la posibilidad de sentarnos frente a frente. Iluso de mi, su sonrisa volvió a mi retina como si hubiera sido ayer el recuerdo de tenerlo entre mis brazos.

Frente a frente, no para regresar a aquel tiempo, porque nadie regresa realmente. Los años no pueden desandarse y las personas que fuimos ya no existen de la misma manera, quizás más maduros, mas empáticos, más comprensivos y entendiendo que el amor tiene muchos vértices. Quería conocer a quien estaba allí ahora y permitirle conocer a quien soy yo hoy. Saber si, debajo de todas las capas que nos había puesto la vida, quedaba algún reconocimiento. No buscaba reconstruir aquellos meses ni fingir que todo lo ocurrido podía borrarse. Me habría bastado con mirarnos desde el presente y comprobar que la historia podía, por fin, respirar sin dolor. Poder dar un abrazo, y decir al oido... "Si"

Entonces apareció la promesa de una carta. Sería un primer paso, una manera de poner orden a demasiadas emociones antes de permitir que las palabras encontraran una voz. Y confieso que pocas cosas he esperado con una mezcla tan extraña de serenidad y miedo. En aquella carta podía caber prácticamente cualquier cosa: un perdón, una despedida, una puerta entreabierta, un recuerdo afectuoso o simplemente la constatación de que algunas historias regresan únicamente para poder terminar correctamente, o que súbitamente, salvado ese escollo, existía aún un camino.

Esperé.

Al principio con esperanza, después con inquietud y finalmente con ese cansancio que produce permanecer demasiado tiempo delante de una puerta sin saber si alguien piensa abrirla y a la que no te atreves a tocar, por respeto, por cariño... por sus tiempos.

La carta nunca llegó.

Y no sé por qué. He pensado demasiadas respuestas para una pregunta que quizá no tenga ninguna que me corresponda conocer. Puede que haya sido miedo. Puede que fuera prudencia. Tal vez alguien que no sabe de historias aconsejó que el pasado debía permanecer exactamente donde estaba. Quizá las emociones de aquel reencuentro indirecto fueron intensas durante unas horas y después encontraron otro lugar donde quedarse. Puede incluso que algunas cosas necesiten existir en el recuerdo precisamente porque trasladarlas al presente sería pedirles algo para lo que ya no están hechas. No lo sé, y durante un tiempo esa ausencia de explicación me pareció casi más difícil que cualquier respuesta.

Hasta que comprendí que también hay que aprender a vivir con las páginas que faltan.

Durante años pensé que necesitaba aquella conversación para cerrar nuestra historia. Hoy no estoy tan seguro. Tal vez las historias verdaderamente importantes no necesitan que alguien escriba “fin” en la última línea. Quizá basta con saber que ocurrieron, que aún habitan en nuestro corazón, en lo más profundo, que fueron ciertas y que durante un pequeño espacio de tiempo dos personas consiguieron reconocerse en medio de circunstancias demasiado grandes para ellas. Uno no puede evitar sentir tristeza por no tener las herramientas en aquel entonces...

He decidido recordar eso.

No el error como conclusión. No el dolor como resumen. No aquello que hicimos mal convertido en epitafio de todo lo que hicimos bien, fue demasiado bien. Prefiero recordar las conversaciones, las miradas, los planes imposibles y aquella forma casi infantil de creer que, si conseguíamos querernos suficientemente fuerte, el mundo terminaría por apartarse del camino. Prefiero recordar a dos personas intentando ser felices con las herramientas que tenían entonces, sin saber todavía cuánto podía pesar todo aquello que arrastraban a sus espaldas. Que curioso que doce años después uno en aquellas circunstancias ya sabría como actuar correctamente, y no puedo evitar arrastrar el sentimiento de haberle fallado.

Quizá, si las circunstancias hubieran sido otras, también habría sido otra nuestra historia. Pero hace tiempo que dejé de negociar con los condicionales. El “qué habría pasado si…” es un extraño país en el que uno puede vivir eternamente sin llegar nunca a ninguna parte. No sé qué habríamos sido. No sé siquiera si aquella historia habría sobrevivido al tiempo de haber tenido la oportunidad aunque algo me dice que si. Solo sé lo que fue mientras existió, auténtica, y eso me parece suficiente para no rebajarlo ahora a un absurdo fracaso de vida.

Porque no todo lo que termina mal estuvo equivocado desde el principio.

A veces algo precioso sucede simplemente en un momento imposible, o no habíamos aprendido lo suficiente para gestionarlo.

Y cuando pienso en todo aquello después de tantos años, ya no encuentro ni un ápice del resentimiento que alguna vez pudo existir. Encuentro un enorme cariño, una ternura difícil de explicar hacia quienes fuimos y un deseo absolutamente sincero de que la vida haya sido generosa al otro lado. La necesidad de ser hogar y volver a proteger con mis brazos. Encuentro también una luz que nunca terminó de apagarse, una calidez que sigue estando, aunque por agotamiento haya dejado de esperar que alguien venga a buscarla.

No sé si aquella carta llegará algún día. Quizá sí, cuando ya no tenga importancia. Tal vez nunca. Tampoco sé qué sentiría si apareciera mañana entre mis manos, porque uno no puede prometerle al futuro las emociones que tendrá cuando llegue. Lo que sí sé es que ya no vivo esperando esa respuesta. He entendido que querer a alguien también puede significar aceptar que su camino continúe lejos del mio, incluso cuando una parte de nosotros habría deseado profundamente otra cosa.

La vida no nos debe finales perfectos. Tampoco nos debe segundas oportunidades, sería un milagro si sucediera. A veces ni siquiera nos concede la conversación que pensamos merecer. Pero eso no invalida lo que ocurrió ni convierte el silencio posterior en la medida de todo lo anterior. Todo sigue intacto.

Hay quien dice que la esperanza es lo último que se pierde. Durante mucho tiempo pensé que aquella frase hablaba de esperar, de permanecer quieto confiando en que algo sucediera finalmente.

Ahora creo que no.

Sigo en las sombras sin que se note mi presencia.

Sigo caminando.

Pero si alguna vez alguien me preguntara si aquella historia desapareció completamente, si aquellos pocos meses quedaron finalmente sepultados bajo doce años de vida, si todo aquello que sentimos entonces acabó convirtiéndose en solo un recuerdo, no necesitaría explicar demasiado.

Me bastaría una palabra que expresa lo que habita en mi corazón...

Todavía.

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